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Restaurante Arcobaleno | Guillermo Arriaga Maya
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Guillermo Arriaga Maya

Una noche con cielo despejado y estrellas, Guillermo entró en la pequeña casa en la que vivíamos con mis hermanos y habló brevemente con mi madre que preparaba algo en la cocina. Luego se acercó a la mesa sobre la que yo terminaba de dar forma a una rosa en plastilina y al cabo de un instante se originó una conversación poética, que simbólicamente podría representar el momento en el que el Maestro evidencia con alguna metáfora, su capacidad particular para ver y sentir el mundo que habita.

Mi pequeña obra era una representación rigurosa de una rosa roja con tallo verde, propia de las ilustraciones televisivas de los cuentos de los hermanos Grimm que yo había visto en mi niñez. Guillermo tomó una enciclopedia de la biblioteca que estaba a mi lado y buscó el nombre de Kandinsky.

Allí encontró una pequeña ilustración de una pintura abstracta con la que me hizo comprender la vida propia que tienen los colores y las formas.

Si, el carisma que Guillermo depositó en sus palabras, consiguió sublimar la diminuta estampa, convirtiéndola en una prueba legítima del poder transformador de la creatividad. Consecuentemente e inmediatamente después, la fantasía de los hermanos Grimm y la sensibilidad de Kandinsky orquestaron el momento en el que Guillermo delante de mis ojos, mágicamente convirtió mi rosa en una inquietante escena de amor y pasión.

Súbitamente, el tallo ya no hacía parte de la rosa, se había convertido en su amante y ahora penetraba al capullo, que a su vez lo recibía con poética avidez. En ese instante, la capacidad creativa de Guillermo había conseguido invitar a mi espíritu, a subvertir la realidad con alegría y libertad. El suceso me había generado una sensación de calor en el corazón, y la certeza de que no era la primera vez que Guillermo jugaba con mi percepción. Luego entendí que tampoco se trataba de una invitación exclusiva hacia mí, sino de una actitud constante en su persona.

Adscrito al movimiento Surrealista, durante su vida Guillermo creó un lenguaje plástico autónomo con el que realizó centenares de pinturas, dibujos, forjas, vitrales, tallas, mosaicos, casas y esculturas que constituyen una invitación permanente a cualquiera que tenga la fortuna de verlas o habitarlas. Hay una pintura de Guillermo al óleo sobre madera en la que un adolescente juega con un balón en medio de un escenario urbano claramente precario. La dicha descrita por la fisionomía plástica del jovencito y el equilibrio cromático con el que está recreado el panorama urbanístico, trastornan el concepto colectivo de pobreza y dignifican las formas poéticas presentes en esta cotidianidad vital tan sagazmente retratada.

Y es que encontrarse en compañía de Guillermo, era tener la suerte de reír sin excusa y el privilegio de tener un traductor de signos a la mano: su astucia para señalar las cosas bellas a su alrededor y su pericia para componer y relatar imágenes alegres sobre la vida cotidiana, lo convirtieron en un personaje excepcionalmente querido por sus contemporáneos. Al funeral de Guillermo asistieron centenares de personas, hubo elogios discursivos, simbólicos y artísticos de personas de distintas proveniencias sociales, posiciones políticas y creencias religiosas. Se trató de la desaparición de un verdadero humanista, que dejó un legado de valor incalculable y que bien podría representar al espíritu artístico de mayor espontaneidad de nuestro tiempo.

Como arquitecto, el Maestro Arriaga también se divirtió a cuestas de la realidad del mundo en el que vivía: se inventó uno sin líneas rectas. Por eso, en cuanto pudo otorgar sensibilidad orgánica a la arquitectura, nunca más regresó del universo onírico habitacional que construyó durante toda su vida.

Para la construcción de la “Casa de la Calera”, Guillermo midió el tamaño de cada libro que entraría en ella para construir las estanterías orgánicamente. Para la “Casa de Sonsón”, extrajo un árbol seco de la selva, sobre el cuál instaló la escalera principal. Su casa en las afueras de Suba, hoy en día sede del Restaurante Arcobaleno, y la que fuera su hogar durante décadas, es la reunión de formas y colores cohesionados entre sí por el relato de su vida, con el que demostró que la belleza es el encuentro de la verdad alegre de la vida.

No son pocas, las circunstancias favorables que hay que reunir en este mundo, para tener la suerte de encontrarse a un artista con tal capacidad de amar, que la generosidad consiga convertirse a través suyo, en una herramienta para materializar el Arte. Los que tuvimos la suerte de encontrarlo en nuestro camino, contamos con la dicha serena que nos dejó su carcajada, cuando nos invitó a reírnos de la vida sin agüero.

A sus 55 años el Maestro Arriaga dejó este mundo como lo dejan los más queridos por los dioses, joven y lleno de virtud. La sensación de que su fuerza creativa sigue inquieta subvirtiendo al mundo, es en realidad muestra de la elocuencia sintáctica de su lenguaje plástico, presente en toda superficie de su obra, y en dónde siempre existe algún detalle nuevo, recientemente descubierto, con el que incesantemente nos regala la posibilidad de sorprendernos ante el mundo: ¡Ah, Granito de Oro!

 

David Anaya